L'ultimo saluto a Buenaventura Durruti

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Poema dedicado a Durruti.

Durruti ese revolucionario español
que promulgo por toda Catalunya,
por todo Aragón y por toda España
el comunismo Libertario
hasta que una bala
en la batalla de Madrid
nos lo arrebato.

¿Quién disparo a Durruti?,
nadie lo sabe
unos dicen que fue
una bala preparada a traición
por el comunismo de Stalin.
otros decian que la bala provenía
del fuego cruzado,
incluso se llego a hablar
que provenía de un conspirador
nadie sabe de donde salio la bala
del Hospital Clínico lo más probable
¿Accidente, conspiración o asesinato?
eso ya no importa

¡¡Qué muerte más triste
para todo revolucionario!!,
pero el legado y la lucha que nos dejo
no la olvidamos,
y otros retomamos su antorcha
para avanzar haciendo camino
hacia el ansiado ideal.

Cientos de miles de personas
acudieron a su funeral
por la muerte de otro anarquista;
¿Otra vez más, de forma accidental?
nadie nunca lo sabrá.

¡¡DURRUTI HA MUERTO, MALAYA AQUEL QUE MENGUE SU OBRA!!


Entierro de DURRUTI y la prensa de la época




Entierro de DURRUTI









Féretro de Buenaventura Durruti, el líder anarquista muerto en la defensa de la capital. Foto Archivo General de la Administración Civil del Estado A.G.A.C.E.



El día 22 es trasladado a Barcelona, y es enterrado el 23 de noviembre. Su cortejo se convierte en una inmensa manifestación, según la prensa del día, se congregan más de medio millón de personas alrededor de su ataúd, cubierto con banderas rojinegras. Desde el principio fue evidente que la bala que había matado a Durruti había alcanzado también el corazón de Barcelona. Se calcula que uno de cada cuatro habitantes de la ciudad había acompañado su féretro, sin contar las masas que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas y ocupaban los tejados e incluso los árboles de las Ramblas. Todos los partidos y organizaciones sindicales sin distinción habían convocado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas flameaban sobre la multitud los colores de todos los grupos antifascistas de España. Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante; nadie había guiado, organizado ni ordenado a esas masas. Nada salía de acuerdo a lo planeado. Reinaba un caos inaudito. El comienzo del funeral había sido fijado para las diez. Ya una hora antes era imposible acercarse a la casa del Comité Regional Anarquista.

Los obreros de todas las fábricas de Barcelona se habían congregado, se entreveraban y se impedían mutuamente el paso. A las diez y media, el ataúd de Durruti, cubierto con una bandera rojinegra, salió de la casa de los anarquistas llevado en hombros por los milicianos de su columna. Las masas dieron el último saludo con el puño en alto.

Entonaron el himno anarquista "Hijos del pueblo". Se despertó una gran emoción. Las motocicletas rugían, los coches tocaban la bocina, los oficiales de las milicias hacían señales con sus silbatos, y los portadores del féretro no podían avanzar. Los puños seguían en alto. Por último cesó la música, descendieron los puños y se volvió a escuchar el estruendo de la muchedumbre en cuyo seno, sobre los hombros de sus compañeros, reposaba Durruti.


Pasó por lo menos media hora antes que se despejara la calle para que la comitiva pudiera iniciar su marcha. Transcurrieron varias horas hasta que llegó a la plaza Cataluña, situada sólo a unos centenares de metros de allí. Los jinetes del escuadrón se abrieron paso, cada uno por su lado. Los coches cargados de coronas dieron un rodeo por las calles laterales para incorporarse por cualquier parte al cortejo fúnebre. Todos gritaban a más no poder.

No, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el pueblo. Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y allí residía su majestad. Tenía aspectos extravagantes, pero nunca perdía su grandeza extraña y lúgubre. Los discursos fúnebres se pronunciaron al pie de la columna de Colón, no muy lejos del sitio donde una vez había luchado y caído a su lado el mejor amigo de Durruti.


Se había dispuesto que la comitiva fúnebre se disolviera después de los discursos. Sólo algunos amigos de Durruti debían acompañar el coche fúnebre al cementerio. Pero este programa no pudo cumplirse. Las masas no se movieron de su sitio; ya habían ocupado el cementerio, y el camino hacia la tumba estaba bloqueado. Era difícil avanzar, pues, para colmo, miles de coronas habían vuelto intransitables las alamedas del cementerio. Caía la noche. Comenzó a llover otra vez. Pronto la lluvia se hizo torrencial y el cementerio se convirtió en un pantano donde se ahogaban las coronas. A último momento se decidió postergar el sepelio. Los portadores del féretro regresaron de la tumba y condujeron su carga a la capilla ardiente. Durruti fue enterrado al día siguiente".


http://pacosalud.blogspot.com/2010/11/entierro-de-durruti.html



"El entierro de Durruti" (1936) es un reportaje del Sindicato Único de Espectáculos Públicos. El fragmento conservado de la versión española corresponde al principio de la película y contiene una largo texto biográfico, en el que se intercalan imágenes fotográficas de Durruti así como algunos fragmentos de la serie "Aguiluchos de la FAI" en los que aparece. El material termina a los pocos segundos de iniciarse las imágenes del cortejo fúnebre que recorrió Barcelona partiendo del edificio del sindicato en Vía Layetana.
El material, conservado en el MOMA se inicia con una versión más reducida del texto biográfico, montando a continuación las imágenes de Durruti en el frente de Aragón, que proceden de "Aguiluchos de la FAI". La multitud aguarda la salida del féretro delante del edificio central de la CNT/FAI, la locución indica que mas de 400.000 personas acompañaron y contemplaron el paso del cortejo que recorre la Plaza de Cataluña y otros puntos céntricos de la ciudad. A su vez, va señalando la presencia del President Companys, del Ministro Garcí­a Oliver y de otras personalidades. A su paso ante el consulado de los EE.UU, se señala que la bandera americana ondea a media asta. El cortejo fúnebre se despide y el ataúd, en un automóvil, sigue camino hacia el cementerio.
http://www.archive.org/details/ElEntierroDeDurruti






















Romance de Durruti




Lucía Sánchez Saornil:Romance de Durruti

De Ateneo Virtual, la enciclopedia libre

Poema de Lucía Sánchez Saornil, publicada tras la muerte de Durruti en la revista Mujeres Libres.




¿Qué bala te cortó el paso
-¡Maldición de aquella hora!-
atardecer de noviembre
camino de la victoria?

Las sierras del Guadarrama
cortan la luz y sombra
un horizonte mojado
de agua turbia y sangre heroica.
Y a tus espaldas Madrid,
con el ojo atento a tu bota,
mordido por los incendios,
con jadeos de leona,
tus pasos iba midiendo
prietos el puño y la boca.

¡Atardecer de noviembre,
borrón negro de la historia!

Buenaventura Durruti,
¿Quién conoció otra congoja
más amarga que tu muerte
sobre tierra española?

Acaso estabas soñando
las calles de Zaragoza
y el agua espesa del Ebro
caminos de laurel rosa
cuando el grito de Madrid
cortó tu sueño en mal hora...

Gigante de las montañas
donde tallabas tu gloria,
hasta Castilla desnuda
bajaste como una tromba
para raer de las tierras
pardas la negra carroña,
y detrás de ti, en alud,
tu gente, como tu sombra.

Hasta los cielos de Iberia
te dispararon las bocas.
El aire agito tu nombre
entre banderas de gloria
-canto sonoro de guerra
y dura función de forja-

Y una tarde de noviembre
mojada de sangre heroica,
en cenizas de crepúsculo
caía tu vida rota.

Sólo hablaste estas palabras
al filo ya de tu hora:
Unidad y firmeza, amigos;
¡para vencer hais de sobra!

Durruti, hermano Durruti,
jamás se vió otra congoja
más amarga que tu muerte
sobre la tierra española.

Rostros curtidos del cierzo
quiebran su durez de roca;
como tallos quebradizos
hasta la tierra se doblan
hercules del mismo acero
¡Hombres de hierro, sollozan!

Fúnebres tambores baten
apisonando la fosa.

¡Durruti es muerto, soldados,
que nadie mengüe su obra!

Sen buscan manos tendidas,
los odios se desmoronan,
y en las trincheras profundas
cuajan realidades hondas
porque a la faz de la muerte
los imposibles se agotan.

-Aquí está mi diestra, hermano,
calma tu sed en mi boca,
mezcla tu sangre a la mía
y tu aliento a mi voz ronca.
Parte conmigo tu pan
y tus lágrimas si lloras.
Durruti bajo la tierra
en esto espera su honra.

Rugen los pechos hermanos.
Las armas al aire chocan.
Sobre las rudas cabezas
sólo una enseña tremola.

Durruti es muerto. ¡Malhaya
aquel que mengüe su obra!

Lucía Sánchez Saornil

EL hombre que mató a Durruti y a Ascaso



Mi penúltimo post “Los rojos no comían cordero” inspirado en ese eslogan de posguerra con que lo iniciaba, “Los rojos no usaban sombrero”, ha provocado en el gran Otoski un par de comentarios, que guiados por esa cereza del sombrero le han llevado a “recordar una novela corta "El hombre que mató a Durruti" de Pedro de Paz, dónde un comandante republicano recibe el encargo de investigar y aclarar la muerte del llorado anarquista leonés. En algún momento de la obra, el comandante es perseguido por un hombre con "gabardina y sombrero", algo muy poco usual en el céntrico Madrid bombardeado de principios del 37, dónde se desarrolla la trama”.

Tienes razón, cito la novela:

“Fernández Durán reparó en un hombre alto, vestido con gabardina de color oscuro y sombrero que caminaba detrás de él a una distancia prudencial (¡! –la admiración por el adjetivo es mía-). Aquel hombre había estado en la puerta de la checa cuando él salió y ahora parecía seguirle en su recorrido. Se había fijado en él al salir por el detalle del sombrero”. ¿Solo por el sombrero! Me da que el autor hubiera vestido a tan extravagante espía con la misma vestimenta, así lloviera o cayeran 40 grados madrileños de una tarde de agosto en la Gran Vía. Me da que ese espía –de cine negro, como dice Otoski- no se quitaba el sombrero, la corbata y la gabardina que luce en la portada ni para dormir. Además, esperando discretamente en la puerta de la checa, se imaginan el tiempo récord que debería haber transcurrido para terminar dentro. Esos temores, al menos, hubiesen sido más que fundados. Una lectura atenta de Días de llamas, una de las mejores novelas para entender el Madrid revolucionario de la guerra, de Juan Iturralde,


nos sumerge mejor en este otro tipo de zozobras. No es de extrañar que la escena se solucione con ese Humphrey Bogart caído al cielo limpio de Madrid “echando a correr calle abajo”. Si es un mandado con el marrón de presionar al comandante no se comprenden bien los medios elegidos para hacerle desistir de la investigación sobre el final de Durruti. De hecho, salvo el pretendido efecto novelesco, nada consigue. Por cierto, que un poco más adelante, conocemos al amo del sabueso: “vestía un atuendo de aspecto elegante y refinado que en nada resultaba artificial, puesto que lo portaba con total naturalidad (elemental, Watson, es de noche porque no es de día -/B.) y llevaba un fino bigote que le daba un aspecto distinguido”. ¿No sería, además un fascista indisimulado de la quinta columna?

El desenlace es aún más novelesco, digno del Baroja del Escuadrón del Brigante que en el mismo post aludido al inicio comentaba con Diego del ídem (Casa Brigante) de Lerma. Pero, a mi modo de ver, con algunas licencias insostenibles en el plano histórico:

En el último capítulo nos topamos 25 años después con el comandante republicano reintegrado en la policía franquista, ahora como el comisario Lobato. Lo explica de esta guisa el novelista:

“Después de no pocas dificultades y con la ayuda de algunos de los pocos amigos que le quedaban, consiguió crearse una nueva identidad y vencer los recelos del nuevo régimen para ingresar de nuevo en el cuerpo de policía”.

Un comandante republicano a quien el ministro le manifestó personalmente haber sido elegido para la investigación del caso Durruti por su “probada confianza y por sus méritos como policía antes de la guerra” continúa en el cuerpo – ¡nada menos que el encargado de la represión!-, vencidos “los recelos de nuevo régimen”. ¡Hostias, don Pedro de Paz!, ¡Usted fuma más que Baroja! Joder, y qué amigos, pocos, pero para que más, ni el mismo Paquito en persona. ¡Pero mi ahrma!, con un pasado profesional tan significado y en puestos de máxima confianza política como acabamos de ver, no sólo le depuran: garrote y prensa. Y por favor, más churros para el chocolate de la merienda del Vigía….
Entremos, ya, de lleno, en el fondo del affaire Durruti. Tan enigmático como desde el primer día. Otoski comentaba: ”Creo que señalar al sargento Manzana como posible portador del naranjero del que salió la bala que atravesó al anarquista leonés (con dos hermanos falangistas por cierto, uno muerto en el frente y otro fusilado por sus compañeros al no fiarse de él y creerle un espía infiltrado de los anarquistas), ya lo hizo hace tiempo entre otros en sus excelentes memorias Juan García Oliver, el que fuera ministro de Justicia del gobierno de Largo Caballero. Otra cosa es especular con una sola pregunta retórica que se hace el autor, si fue un accidente o fue intencionado. La pregunta es más o menos esta: ¿Por qué se habría reconvertido en anarquista un militar sublevado en Barcelona a sus 34 años? Podría contestarle cualquiera que aunque fuera hombre de confianza de Durruti no tenía por qué ser anarquista, como ya pasó con el cura secretario personal que como puede apreciarse también en sus memorias, nunca fue anarquista pero si "durrutista" hasta la muerte. Y que en ambos casos tal vez salvaron la vida por la intervención personal y directa de Durruti, de ahí su "inquebrantable" lealtad.”


Puesto que hasta la fecha todas las versiones que nos han llegado son contradictorias, cualquier toma de postura es más voluntarista que otra cosa.
Aunque de nuevo el ansia fabuladora del novelista va mucho más lejos: el sargento Manzana, según nos descubre en ese asombroso final, ya se había cargado en los primeros combates a Ascaso, el amigo inseparable de Buenaventura. Ambos, la flor y nata del anarquismo español.
Según el novelista, Manzana estaba dentro del cuartel de las Atarazanas en Barcelona repeliendo el ataque de los milicianos. Como resulta que era “Maestro Tirador”, como resulta también que Ascaso murió de un “certero disparo entre ceja y ceja”, ergo, quien podría haber sido sino Manzana. ¡Joder, y los guionistas de Hollywood en huelga!
En cambio es sabido que los contactos entre los sargentos Manzana y Gordo del parque de Artillería y los comités libertarios eran continuos. Otro tanto se daba con varios oficiales de la base aérea militar del Prat. Ítem plus: el 19 de julio hacia las 9 de la mañana García Oliver, Ascaso y Durruti se encontraban el plaza Arco del Teatro junto con los sargentos Gordo y Manzana, “que habían fracasado en su intento de apoderarse de Atarazanas, y, teniendo que huir por la puerta que daba a la calle de Montserrat, afortunadamente salieron llevándose unas cajas de municiones de fusil y cintas para ametralladoras”. Esta información la da Pablo Ruiz, uno de los creadores en noviembre de la Agrupación “Los Amigos de Durruti”. Allí se convino que Manzana y Gordo, apoyados por un grupo de militantes del Sindicato de Transporte se emplazaran en la terraza de una casa donde se hallaba el restaurante “casa Juan” para desde allí atacar a Dependencias Militares. El 20 de julio sobre las 13 horas cayó Francisco Ascaso. Ese día continuaba el fuego cruzado de Atarazanas y Dependencias Militares. Desde una de las garitas de aquel cuartel fue disparado varias veces sin alcanzarle. “Ascaso se detuvo un instante para descargar la pistola contra el tirador de la garita, muy próximo a él; pero en el momento de ganar, con otro salto, el camión, recibió una bala en plena frente”. Momentos después, en las Atarazanas se levantaba bandera blanca. Se había ganado Barcelona y perdido a uno de sus mayores valedores. (Testimonios de José Mira, Pablo Ruiz y Liberto Ros, recogidos por Abel Paz, Durruti en la Revolución española).
Diego Peña desmintiendo la emboscada de Hontoria del Pinar de Baroja y otro Diego, Diego Camacho, alias Abel Paz, fastidiando los planes de otro Paz.


Con todo, a Otoski, con razón, le parece “la mejor novela del autor publicada hasta ahora, e incluso creo que si profundiza en alguno de los personajes apenas dibujados, puede completar y mejorarla sin duda.Y no sería el primer caso, por citar alguno conocido, algo parecido hizo ya Fernando Quiñones con su excepcional cuento largo "Legionaria, al que añadiendo de aquí y de allá presentó como novela al premio Planeta, quedando vencedor sin amaño con Lara, es decir finalista, bajo el nombre de "Las mil noches de Hortensia Romero".
Por lo demás, ya entrando en el enigma Durruti, ahí juega con ventaja, puesto que no hay forma humana de atar cabos. Y la discusión puede alargarse, mientras persita el interés por la figura del heroico luchador, bastantes décadas más.
- En el libro de Joan Llarch, La muerte de Durruti se habla hasta de 7 ocupantes del vehículo. El cual, por cierto para unos es un Hispano- Suiza, para otros Twik y finalmente Packard. En cambio, siguiendo las memorias de Cipriano Mera (ni el García Oliver del Eco de mis pasos ni el resto de dirigentes se hallaba en Madrid), podemos intentar alguna conclusión, siempre provisional, a falta de pruebas irrefutables:
Los ocupantes del Packard sólo eran tres (véase ilustración del libro Durruti de Rai Ferrer). Durruti solía ir delante y los testimonios del chófer y el sargento Manzana no coinciden para empezar siquiera ni en su número. Para José Manzana viajaban también dos escoltas, cuya identidad nadie conoce, y Miguel Yoldi. Para Graves no hay más testigos que él y el sargento.


- El arma homicida no se recogió. Durruti acostumbraba a llevar un colt 45 y Manzana un naranjero. El sargento Manzana llevaba el brazo derecho vendado en cabestrillo.
- Sobre la posibilidad de que fuera un accidente, en un foro ácrata muy concurrido , recojo lo siguiente:
“Aquí, el primer nombre, de creo el jefe de la milicia anarquista, el nombre de esta se me ha pasado lo siento. López-Tienda, muerto el día 2 en Móstoles al bajarse del coche, y caerse el arma, muriendo de herida mortal producida por esta, y recogido, por un tal Climent Ferrer, en circunstancias parecidas a la muerte de Durruti.”
Es un dato más, los dos jefes de los milicianos que acuden a la defensa de Madrid mueren de accidente similar. ¿Casualidad?
Sería muy prolijo entrar en los intereses partidistas de los defensores de Madrid, la supuesta evolución de Durruti, las purgas estalinistas, etc. Me limito sumariamente a manejar un mínimo de datos, desde los cuales resulten más plausibles unas hipótesis que otras.
Tampoco coinciden las versiones de los cirujanos que NO operaron a Durruti. (Recojo también estas manifestaciones del foro:)
“Hoy he caído por casualidad en este foro, buscando algo sobre mi abuelo, el Doctor Manuel Bastos Ansart. Don Manuel Bastos fue llamado en su época, el padre de la traumatología moderna y aún hoy se estudian sus tratados en las facultades de medicina de medio mundo. Aparte de esto, fue él quién efectivamente atendió a Durruti, al que herido de muerte llevaron al hospital que se había habilitado en el Hotel Ritz. Mi abuelo murió hace ya tiempo pero siempre contaba la historia de como llegó Durruti, de como se le había disparado el naranjero, y de las pocas palabras que salieron de su boca antes de morir. Al parecer y según contaba mi abuelo, repetía ya moribundo: "que tontería, que tontería "el jodío fusil", así ni más ni menos. No dijo nada más, pero si es cierto, al parecer, que en el momento de la muerte decidieron que nadie contaría nada de la forma tan "poco heroica" en que murió.”. De hecho, en su parte médico dice: “… la bala de gran calibre (seguramente del 9 largo) rozó el colon, destruyó el bazo, perforó el diafragma, hiriendo el pulmón donde quedó alojada”. No menciona que el disparo fuese a corta distancia. En cambio, en su libro, De las guerras coloniales a la guerra civil. Memorias de un cirujano, manifiesta: “los que le rodeaban (al herido) no se recataron en darme a entender que habían sido sus propios secuaces los causantes de la herida”.
José Santamaría, médico personal de Durruti, años más tarde, en respuesta a Joan Llarch estima en 35 cm. la distancia del disparo, “cálculo deducido por la intensidad de la impregnación de pólvora en la prenda que vestía en el instante de los hechos”. No obstante, la camisa y cazadora para apreciar el agujero de la bala también desapareció. De la camisa que fue entregada a su viuda se habla de que la abertura era enorme y manchada por la detonación, lo que probarían que el tiro fue a quemarropa y no fuego enemigo desde el Clínico, a unos 800 metros. Lo cual, asimismo, sería corroborado por el orificio de entrada en un costado, su trayectoria horizontal y el mortal destrozo, ya indicado un poco más arriba.
- En conclusión, sólo el conductor Julio Graves y el sargento José Manzana podrían haber aclarado lo que pasó. Reunidos con Mera, García Oliver y Federica Montseny, en rápidos viajes a Valencia de ida y vuelta, es obvio que eligieron la versión menos comprometedora, dadas la dificilísimas circunstancias en el frente de Madrid.

A todo esto, no es cierta la huida del sargento Manzana. Puede verse en la foto del funeral en Barcelona, el primero por la izquierda con su brazo vendado, al lado Mera, también herido y la viuda Émilienne. De ahí partió para el frente de Aragón.
Ahora bien, su silencio posterior ha propiciado fabulaciones tan efectistas como la descrita en la interesante –pese a todo- novela que comentamos, donde, para no ser menos que el comandante republicano Fdez Durán o el capitán Angulo de las Milicias de Durruti, el sargento Manzana reaparece cambiado de bando y recompensado. “Pero aún queda el plato fuerte” –anuncia el novelista:
Ya en la posguerra en casa de un general tiene lugar una reunión de militares del régimen vencedor, el anfitrión exclamó: “aquí entra el hombre que mató a Durruti”.
Para terminar deseo para el exitoso autor del documento Saldaña, una reedición de El hombre que mató a Durruti, mucho menos conocida, y que el autopomposo cine español, ¡incluso la lleve al cine!
Sería la primera peli sobre Durruti. Y promete.
De momento nos consolamos escuchando el Romancero de Durruti compuesto por Chicho Sánchez Ferlosio:
Os dejo con una pieza tan sencilla como logradamente popular.
Los solidarios. 


http://sakurambotsumamu.blogspot.com/2009/01/el-hombre-que-mat-durruti-y-ascaso.html

EL TESTAMENTO DE DURRUTI


El fascismo representa y es, en efecto, la desigualdad social, si no queréis que los que luchamos os confundamos a los de retaguardia con nuestros enemigos, cumplid con vuestro deber... Vais equivocados consejeros, con el decreto de militarización de las milicias. Ya que habláis de disciplina de hierro, os digo que vengáis conmigo al frente. Allí estamos nosotros que no aceptamos ninguna disciplina, porque somos conscientes para cumplir con nuestro deber. Y veréis nuestro orden y nuestra organización. Después vendremos a Barcelona y os preguntaremos por vuestra disciplina, por vuestro orden y por vuestro control, que no tenéis...
      Acracia (Lérida, 5-11-1936). Notas tomadas por Peirats del discurso radiado por Durruti la noche del 4 de noviembre de 1936.

La muerte de Durruti ( poemas)


La muerte de Durruti


Buenaventura Durruti fue uno de los más carismáticos personajes del anarco-sindicalismo español, siendo uno de los líderes de la FAI. Sus hazañas y aventuras en defensa de la idea de un mundo de hombres libre, sin explotados ni explotadores ni clases sociales, fueron muchas: casi toda su vida estuvo perseguido, hasta el estallido de la guerra civil, en la que forma en Cataluña la Columna Durruti, compuesta principalmente por anarquistas. Vino a Madrid a colaborar con la defensa de la ciudad, pero, el 20 de Noviembre, moría durante la defensa de la Ciudad Universitaria. Su cuerpo fue trasladado a Barcelona, en donde fue enterrado durante un entierro multitudinario y enfervorizado. Su muerte siempre ha estado cubierta por el misterio, dando lugar a las más diversas interpretaciones.
Este poema de Luis Pérez Infante, ahondando en la tradición del romancero épico medieval, nos ofrece una descripción mítica y heroica de aquel capítulo:
LA MUERTE DE DURRUTI

1. MADRID EN PELIGRO
En los frentes de Aragón
se libraba gran batalla
cuando llegó la noticia
de que a Madrid se acercaban
cinco ejércitos rebeldes
con las más modernas armas:
tanques y ametralladoras,
morteros que a gran distancia
batirían la ciudad.
Junkers, Capronis… (El Papa
promete su bendición
para mayor eficacia).
Buenaventura Durruti,
que en Aragón peleaba,
cuando supo estas noticias
así habló a su gente brava:
-¡Compañeros! Hay que ir
a la capital de España,
donde el fascismo pretende
clavar su sangrienta zarpa.
En Castilla nos jugamos
una decisiva carta
de esta dura guerra a muerte
que tenemos entablada.
Vayamos, pues, a Castilla,
vamos pronto, camaradas,
que se para todo el cuerpo
cuando el corazón se para,
y ya sabéis que Madrid
es el corazón de España.


II. DURRUTI EN MADRID
Buenaventura Durruti,
pelo en pecho, dura barba,
con sus hombres más valientes
va por tierras castellanas.
Sus ojos llevan el mar
hasta las llanuras pardas
-abrazo para Castilla
de Cataluña, su hermana-.
Los vientos de la meseta
soplan gentiles. Abrasan
de ardor que nació que nació en la nieve
y que afiló la distancia
los pechos de sí encendidos
de las tropas catalanas.
Empujado por el viento
y empujado por sus ansias
llegó Durruti a Madrid
con el clarear de un alba.
-¡Quién dijera, Manzanares,
pequeño río sin agua,
que tu cauce había de ser
nuestro límite con África!
Que si tu orilla derecha
pisan Franco y su canalla,
la que de Marruecos vino
al son de promesas falsas,
de tu izquierda brota, viva,
fresca y ardiente savia,
templada ya en el combate,
de la verdadera España,
la de los trabajadores
que no reconocen castas.
Te prometo, Manzanares,
que en lo que te falta en agua
lo llenará el rojinegro
de mi sangre libertaria,
antes que ver por Madrid
a las turbas africanas.



III. LA MUERTE
Madrid, mediado noviembre,
era un llover de metralla.
Del tejado a los cimientos
se estremecían las casas.
Si no granizos, cristales
a la lluvia acompañaban.
El cielo, todo una nube
gris, densa, más densa, baja.
La luz, el relampagueo
del cañón…
Se peleaba.
Y la Muerte, ciega en ira,
volando de casa en casa.
-¿A quién buscas, compañera?
¿Cúya será la garganta
que siegues, Muerte?!
¡Responde!
(Una voz el aire rasga)
-Quiero a quien me desafía
con su pecho y arrogancia.
Busco a quien vino a buscarme
de tan lejos. Mi guadaña…
-Pero dime. Muerte, dime
su nombre, Muerte, ¿se llama…?
-¡Durruti…!
Se pasma el viento.
Por todo el ámbito vaga,
hielo flotando en el aire,
el nombre del camarada.
Buenaventura Durruti,
pelo en pecho, dura barba,
por los frentes de Madrid,
con toda su gente brava,
citando a muerte a la Muerte,
citándola cara a cara.
(La Muerte, como una sombra,
le rondaba, le rondaba.)
-¡Compañeros! ¡Al ataque!
¡La bayoneta calada!
¡Que no quede vivo un moro!
¡Qué se acreciente la fama
nuestra con este combate!
¡Que no puedan superarla
los más valientes del mundo!
(Paso a paso se acercaba
muda, la Muerte a Durruti).
Los catalanes avanzan.
Locas, a los cuatro vientos
silban y silban las balas
que, perdidas, blanco encuentran,
por azar, y en él se clavan.
Uno de estos proyectiles
detiene en seco la marcha
de todos los catalanes.
Cunde el espanto. ¿Qué pasa?
Nadie sabe ni responde.
Pelo en pecho, dura barba.
Buenaventura Durruti,
el que a la Muerte citara,
abrazado con la Muerte,
yerto, en el campo quedaba.



IV. PROMESA DE VENGANZA
¡Ay, dolor de Barcelona!
Por las calles, por las plazas
va el entierro de Durruti.
Silenciosamente avanza
la comitiva, compuesta
de miles camaradas
que cierran, firmes, los puños,
que aprietan, rudos, la barba
para que el llanto no acuda.
La multitud apiñada
se duele calladamente
por el cadáver que pasa.
¡Ay, dolor de Barcelona,
que es dolor de toda España!
Puños en alto prometen
tomar cumplida venganza:
-La venganza es atacar
con furia nunca igualada.
Si Madrid entero dijo
"¡No pasarán!" -y no pasan-
ha llegado ya el momento
de que suene en toda España
otra consigna que diga:
"¡Pasaremos!"
La palabra
se multiplica en el viento,
la mece el mar en sus aguas,
la esparcen ondas sin fin,
se eterniza en la distancia.



Luis Pérez Infante














































































































http://albokari2.wordpress.com/2007/11/25/la-muerte-de-durruti/




























































































































































La muerte de Durruti



Durruti junto al alférez Antonino Uriel segundo derecha redactor de el Heraldo de Madrid. 11 noviembre 1936




“En la madrugada del 18 al 19 de noviembre, en la línea del frente de la Ciudad Universitaria, los milicianos se preparan para asaltar el Hospital Clínico, en manos de las tropas moras. Tras varias escaramuzas consiguen acceder al inmueble pero durante su acción son rechazados por los destacamentos allí refugiados y se inicia un brutal combate en el interior del recinto. La lucha se lleva a cabo planta por planta, habitación por habitación, prácticamente cuerpo a cuerpo. Tras varias horas, los milicianos deciden replegarse y volver a sus posiciones iniciales. La moral de los libertarios pasa por uno de sus momentos más desalentadores. Muchos se plantean la posibilidad de abandonar su posición tras haber estado cuatro días combatiendo sin descanso, sin dormir, ateridos por el frío y prácticamente sin comer.”

“Llegamos a la plaza de Cuatro Caminos y giré por la Avenida de Pablo Iglesias a toda velocidad. Pasamos al lado de unas casitas bajas que hay al final de la avenida y luego giramos a la derecha. Llegando a una bocacalle vimos a un grupo de milicianos que parecía venir a nuestro encuentro. Durruti sospechó que aquellos muchachos tenían la intención de abandonar el frente y me ordenó detener el coche. Maldita la hora, mi comandante. Estábamos en zona de fuego enemigo. Las tropas moras, que ocupaban el Hospital Clínico y dominaban el lugar, disparaban contra todo lo que se movía. No se oían más que tiros por todos lados. Por precaución,estacioné el auto en la esquina de uno de aquellos hotelitos de la zona. Durruti y Manzana bajaron del coche y se fueron hacia el grupo de milicianos para preguntarles dónde iban. Los soldados, sorprendidos en su falta, no supieron qué contestar. Durruti les reprendió severamente y les ordenó que volvieran a sus puestos.

—¿En qué punto exacto del recorrido realizaron dicha parada? —preguntó Fernández Durán.

—No sabría decirle con exactitud, mi comandante —respondió Graves—. Como le he dicho, bajamos por la Avenida de Pablo Iglesias y luego giramos a la izquierda por una calle que hace curva y bordea los hotelitos. Avenida del Valle creo que se llama, pero no estoy muy seguro.”

—¿Y usted descendió del vehículo? —preguntó de nuevo Fernández Durán. —No, señor. Yo estaba al volante y con el motor en marcha, a la espera de que volvieran para ponernos a salvo lo antes posible. Ya le he dicho que la zona estaba siendo batida por fuego enemigo.

—¿Qué ocurrió después? —Los soldados a los que reprendía Durruti agacharon las orejas y se dieron media vuelta,  mi comandante. Durruti y el sargento Manzana se vinieron para el coche. Estábamos enfrente del Hospital Clínico y los rebeldes no dejaban de disparar. Varias balas silbaron cerca. Muy cerca, mi comandante. Parecía como si los moros se hubieran dado cuenta de que estábamos allí y, al ser un blanco fácil, hubieran decidido arremeter contra el coche. Pude oír a mi espalda cómo Durruti abría la puerta de atrás del coche y a continuación un disparo. Durruti cayó al suelo con el pecho cubierto de sangre. Yo salí del vehículo y, junto con Manzana, lo colocamos en el asiento de atrás. Di media vuelta al coche y me dirigí a toda velocidad hacia el hospital que hay en el hotel Ritz. Al llegar nos atendió el doctor Santamaría, el médico de la columna, y se llevó a Durruti rápidamente a los quirófanos que estaban en los sótanos del hotel. “

Llegó luego el turno del interrogatorio de Antonio Bonilla, cuya aportación es confirmar que su coche hizo todo el recorrido delante y otros detalles de los hechos, también muy interesantes: “Fernández Durán tomó asiento frente a aquel hombre. —¿Cuál es su nombre, camarada? —preguntó Fernández Durán con cordialidad.

—Me llamo Antonio Bonilla—. Cuénteme lo ocurrido el pasado día 19 de noviembre —preguntó Fernández Durán. Bonilla miró fijamente a Fernández Durán con una mezcla de escepticismo y temor dibujada en sus ojos. ¿Qué ocurrió ese día? Bonilla dudó. A pesar de su transigencia y afabilidad inicial, Fernández Durán le miraba con cierta severidad. Bonilla tragó saliva y comenzó a hablar. Bonilla titubeó por un instante y siguió hablando.

"Me acompañé de dos hombres de mi grupo, los dos buenos compañeros. Uno era Lorente, que elegí por ser el que mejor conducía un coche entre nosotros, el otro era Miguel Doga, catalán, de oficio carpintero, hombre de pocas palabras y muy valeroso. Pusimos en marcha el coche que los compañeros de Madrid nos prestaron porque con el que vinimos de Barcelona era muy viejo y demasiado grande. Al llegar al cuartel general, Julio Graves que era el chofer de Durruti, terminaba de preparar el "Packard" para el sargento Manzana y Durruti que se disponían a salir con él. Al vernos vinieron hacia nosotros y les conté lo ocurrido. Entonces indiqué a Julio Graves que siguiera nuestro coche puesto que había algunas calles que estaban batidas por el fuego del enemigo y nosotros elegiríamos las que quedaran fuera de cualquier peligro.


En el "Packard" iba Julio Graves conduciendo; Manzana y Durruti iban sentados atrás. José Manzana llevaba consigo, como de costumbre su "naranjero" colgándole del hombro en tanto que su mano derecha la llevaba herida y en cabestrillo. Durruti, a simple vista, parecía que no iba armado, pero no era así, porque el se colocaba en el correaje su "Colt 45" en una funda, que quedaba oculta por el chaquetón de cuero.  En el coche nuestro íbamos los tres: Lorente que lo conducía, Miguel Doga y yo. Cuando llegábamos a las proximidades de los chalets donde estaban apostadas nuestras fuerzas extremamos mas las precauciones. Cada vez que teníamos que virar en alguna de aquellas calles aguardábamos a que llegase el "Packard" de Durruti para que nos siguiera perfectamente. Cuando doblamos la última calle en la que unos cuarenta metros mas abajo estaba el primero de los chalets que ocupábamos, nos detuvimos unos veinte metros mas allá de la esquina.

Al mirar atrás vimos que el "Packard" se había detenido y que Durruti y Manzana se apeaban del auto para hablar con cinco muchachos que estaban parados en aquel punto. No puedo afirmarlo pero creo que aquellos jóvenes pertenecían a la Columna Del Rosal y hasta, posiblemente, aquella madrugada habían intervenido en el asalto al Hospital Clínico con los nuestros. El punto donde se encontraban no estaba batido por el fuego enemigo. Estuvimos parados tres o cuatro minutos aguardando, y cuando de nuevo volvimos a mirar hacia atrás con deseos de comprobar si el "Packard" nos seguía de nuevo, vimos que el "Packard" se había dado la vuelta y emprendía otra vez el camino de regreso rápidamente. Inmediatamente bajé del coche y fui hasta los jóvenes que seguían hablando en la misma esquina. Al preguntarles por qué se había vuelto el coche, me respondieron que había un herido”.

 Testimonios novelados por Pedro Paz El hombre que mató a Durruti







Aproximadamente a la una de la tarde del 19 de noviembre de 1936 (en plena Batalla de la Ciudad Universitaria de Madrid), en la calle Isaac Peral, menos de dos horas después de haber sido entrevistado en la calle en Madrid para el noticiario filmado del PCUS, Durruti es herido en el pecho por una bala de extraña procedencia; en grave estado, es llevado al Hotel Ritz, sede del hospital de sangre de las milicias catalanas, donde muere al día siguiente a las cuatro de la mañana. La autopsia reveló que el deceso de Durruti se debió a los destrozos causados por una bala calibre nueve largo, la cual penetró el tórax y lesionó importantes vísceras. Su cuerpo fue entregado a los servicios especializados del Municipio de Madrid para ser sometido a un proceso de embalsamamiento, ya que sería trasladado y enterrado en Barcelona. Su deceso es ocultado a la población con el fin de evitar desánimos.

                                                             



La muerte de Durruti ocurrió en oscuras circunstancias que han propiciado la aparición de diversas hipótesis para explicar su deceso. Durruti defendía la misma postura del PCE de primeramente ganar la Guerra Civil, para posteriormente llevar a cabo la Revolución y dilucidar el modelo organizativo, pero teniendo bajo control el territorio. Ésta misma postura le enfrentó a la de su organización anarco-sindical CNT, que ya habían llevado a cabo en Cataluña la Revolución paralelamente a la Guerra Civil que discurría en Castilla. Según la CNT, escuetamente fue una «bala fascista». Las emisoras de radio de la zona nacional le atribuyeron el hecho a los comunistas, quienes a su vez aseguraron que el atentado había sido ocasionado por trotskistas o hasta por los mismos anarquistas debido al enfrentamiento de éste con su propia dirección. Se ha dicho también que fue víctima de unos ladrones, que él mismo intentaba detener. También se asegura que fue un disparo salido de su propia arma (a pesar de que las armas no se disparan solas): algunos afirman que se le cayó su fusil ametrallador, mientras que otros aseguran que Durruti sólo portaba un Colt 45.



19 de Noviembre de 1936
 

EJÉRCITO NACIONAL

 
En el sector de El Escorial pequeños avances de nuestras tropas.

En los barrios de Madrid ensanchamiento de las zonas ocupadas, rechazándose varios ataques del enemigo, al que se ocasionaron numerosísimas bajas y cogiéndoles cuatro ametralladoras.

En el aire bombardeos intensos de los puntos de importancia militar, siendo derribados por nuestras fuerzas aéreas cuatro aviones de caza enemigos.
 

EJÉRCITO REPUBLICANO

 
PARTE OFICIAL DE GUERRA
 
Frente del Centro.- La jornada en el día de hoy ha terminado sin que se modificase la situación de nuestras tropas, a pesar del intenso ataque del enemigo. Se ha combatido con extraordinaria dureza atacando las tropas facciosas y contraatacando nuestras fuerzas briosamente en distintos puntos de la Ciudad Universitaria y Casa de Campo.

            Las posiciones alcanzadas en la mañana de hoy han sido conservadas.

            Se han hecho al enemigo algunos prisioneros, se le ha volado un polvorín y se le ha capturado material de guerra. Un fuerte contraataque dirigido por el enemigo contra nuestras posiciones en las últimas horas de la tarde, apoyados con carros de combate, fue enérgicamente rechazado, ocasionándoles muchas bajas.
 
PARTE DEL MINISTERIO DE MARINA Y AIRE
 
A las ocho de la tarde.- En el día de hoy nuestras escuadrillas prestaron distintos servicios de vigilancia sobre Madrid durante varias horas, no siendo posible localizar al enemigo.

            A las once y cuarenta y cinco fue vista una gran masa de aviones facciosos, compuesta por 18 aparatos de gran bombardeo marca “Junker”, seis aviones ligeros de bombardeo y 20 cazas, que protegían a los anteriores. Nuestras escuadrillas evolucionaron rápidamente entablando combate contra ele enemigo, durante el cual perdimos nosotros dos aparatos de caza. Derribamos al enemigo seis: tres trimotores “Junker” y tres aviones de caza. Uno de los trimotores “Junker” cayó en la Casa de Campo. Los otros dos cayeron casi verticalmente, estrellándose contra el suelo.
 
Partes oficiales de guerra: 1936-1939


La Voz (Madrid). 19/11/1936

EXTRAÍDO DEL LIBRO “DURRUTI, 1896-1936”, DE RAI FERRER (Onomatopeya), EDICIONES LIBERTARIAS, 1996.
 
El día 19 de noviembre , los milicianos de la columna Durruti se preparan para el asalto al Hospital Clínico, ocupado por tropas moras y guardias civiles.


Solidaridad Obrera 19/11/1936  




Entramos ahora en el día negro del anarquismo revolucionario...





Solidaridad Obrera 19 noviembre 1936


Tras los primeros combates, los anarquistas ocupan parte de las plantas del clínico, quedando en la zona superior del edificio un contingente de tropas nacionalistas.

Enterado de que sus hombre quieren abandonar a toda costa el Clínico, Durruti ordena a Julio Graves que prepare el coche para dirigirse inmediatamente hacia allí, y cuando Manzana dice que tiene una reunión de la CNT preparada para después, Buenaventura responde: “Es cuestión de media hora y si es cierto que se ha producido una desbandada, mi presencia resultará muy eficaz.”

 Cuando el Packard se pone en marcha en dirección al Hospital, en su interior viajan las siguientes personas: Durruti, el chófer Graves y el sargento Manzana.

Durante el trayecto, poco antes de llegar al lugar de su destino, Durruti y sus acompañantes encuentran a un reducido número de milicianos descontentos, que han abandonado su puesto de combate.

El leonés hace parar el coche; se acerca hasta e grupo y entra en conversación con ellos para convencerles de que regresen a la posición.

Terminado el diálogo, mientras los milicianos se alejan, Durruti avanza hacia el automóvil. En ese instante estalla un fogonazo y el anarquista leonés cae al suelo con una bala incrustada en el pecho.

Ante lo inesperado de la acción, Julio Graves y el Sargento Manzana salen precipitadamente del coche y meten al herido sin pérdida de tiempo en el interior del vehículo.

En menos de un minuto, julio Graves, maniobrando lo más rápido posible hace girar el coche y se dirige a toda velocidad hacia el Hospital de las Milicias Catalanas, instalado en Madrid.

Veinte minutos después Durruti está en el quirófano, donde continúa hasta las cinco de la tarde. A esa hora el leonés es trasladado a una habitación del primer piso.

Efectuado el examen de la herida, los doctores Fraile, Monje, Bastos y Santamaría confirman que la herida es mortal de necesidad y que cualquier intervención quirúrgica es inútil.
Con un proyectil alojado en la zona del corazón, los cuatro médicos sólo pueden redactar un informe en el que especifican el carácter de la herida y la trayectoria de la bala.
Alrededor de la medianoche, Durruti pierde el conocimiento y entra en estado de coma.
A las seis de la madrugada del 20 de noviembre de 1936, Buenaventura Durruti, el hombre y el revolucionario, deja de existir.


Solidariad Obrera 20 noviembre 1936


Cuatro meses antes había cumplido cuarenta años.

El diagnóstico médico final especifica: muerte causada por una hemorragia pleural.


 La muerte de Durruti (Joan Llarch)












Durruti con un mauser a la espalda.

Testimonio de Antonio Bonilla Albaladejo

El fatídico 19 de noviembre - La muerte de Durruti

"Me acompañe de dos hombres de mi grupo, los dos buenos compañeros. Uno era Lorente, que elegí por ser el que mejor conducía un coche entre nosotros, el otro era Miguel Doga, catalán, de oficio carpintero, hombre de pocas palabras y muy valeroso. Pusimos en marcha el coche que los compañeros de Madrid nos prestaron porque con el que vinimos de Barcelona era muy viejo y demasiado grande. Al llegar al cuartel general, Julio Graves que era el chofer de Durruti, terminaba de preparar el "Packard" para el sargento Manzana y Durruti que se disponían a salir con él. Al vernos vinieron hacia nosotros y les conté lo ocurrido. Durruti dijo que quería tener unas palabras con aquel capitán de la Columna Del Rosal. Entonces indique a Julio Graves que siguiera nuestro coche puesto que había algunas calles que estaban batidas por el fuego del enemigo y nosotros elegiríamos las que quedaran fuera de cualquier peligro.

En el "Packard" iba Julio Graves conduciendo en el volante; Manzana y Durruti iban sentados atrás. José Manzana llevaba consigo, como de costumbre su "naranjero" colgándole del hombro en tanto que su mano derecha la llevaba herida y en cabestrillo. Durruti, a simple vista, parecía que no iba armado, pero no era así, porque el se colocaba en el correaje su "Colt 45" en una funda, que quedaba oculta por el chaquetón de cuero. El sargento José Manzana era buen tirador. Ya en una ocasión hallándose la columna en Aragón fui testigo de ello. Nos encontrábamos en Pina de Ebro en casa de un compañero, cuando llegaron Manzana y Durruti. En el momento que entraban, el reloj de la pared casualmente comenzó a dar la hora sonoramente. Manzana sacó la pistola y le dio dos tiros al reloj que se quedo mudo. Cuando le pregunte porque lo había hecho, se limito a contestarme "que no quería que nadie le controlara el tiempo". Continuando con lo anterior, como he dicho, en el coche nuestro íbamos los tres: Lorente que lo conducía, Miguel Doga y yo. Cuando llegábamos a las proximidades de los chalets donde estaban apostadas nuestras fuerzas extremamos mas las precauciones. Cada vez que teníamos que virar en alguna de aquellas calles aguardábamos a que llegase el "Packard" de Durruti para que nos siguiera perfectamente. Cuando doblamos la ultima calle en la que unos cuarenta metros mas abajo estaba el primero de los chalets que ocupábamos, nos detuvimos unos veinte metros mas allá de la esquina. Al mirar atrás vimos que el "Packard" se había detenido y que Durruti y Manzana se apeaban del auto para hablar con cinco muchachos que estaban parados en aquel punto. No puedo afirmarlo pero creo que aquellos jóvenes pertenecían a la Columna Del Rosal y hasta, posiblemente, aquella madrugada habían intervenido en el asalto al Hospital Clínico con los nuestros. El punto donde se encontraban no estaba batido por el fuego enemigo. Estuvimos parados tres o cuatro minutos aguardando y cuando de nuevo volvimos a mirar hacia atrás con deseos de comprobar si el "Packard" nos seguía de nuevo, vimos que el "Packard" se había dado la vuelta y emprendía otra vez el camino de regreso rapidamente. Inmediatamente baje del coche y fui hasta los jóvenes que seguían hablando en la misma esquina. Al preguntarles por que se había vuelto aquel coche, me respondieron que había un herido. Les pregunte si habían reconocido a las dos personas que bajaron del coche para hablar con ellos y contestaron negativamente."
Manzana: un campeón de tiro
"Presintiendo que el herido era Durruti, corrí a mi coche, conté a Doga y a Lorente lo ocurrido, dimos inmediatamente vuelta al coche y nos dirigimos velozmente al cuartel de la calle Miguel Ángel. Nos recibió Manzana quien nos dijo que Durruti no estaba porque había marchado a una reunión del Comité Nacional de la CNT. Le replique que me estaba mintiendo. Palideció intensamente. Sabia que yo era más rápido en sacar la pistola. Rapidamente me observó que si estaba en la Columna era por Durruti y por mi pero que como comprobaba que yo no le merecía mucha confianza, estaba dispuesto a marcharse de ella en aquel momento. Le conteste que el mismo se encargara de mandarme un enlace para avisarme del estado de Durruti. El día 20 de noviembre, día siguiente, a las cinco de la mañana llegó el compañero Mora en una bicicleta para decirme que Durruti había muerto. Yo me encontraba en los chalets con nuestras diezmadas fuerzas frente al Hospital Clínico."


  LOS MANDOS NACIONALES DE  "LA BATALLA DE MADRID"




DÍA 19 
 El día 19 siguió la acción ofensiva de Alzugaray en la que Durruti volvió a solicitar un puesto en primera línea. Miaja lo había relevado el día 17 y sólo ante su insistencia autorizó el que se le diera una nueva oportunidad para superar los reiterados fracasos sufridos. Murió al día siguiente en el quirófano del Hotel Ritz (12).

(12)  A resultas de un disparo que le entró por el lado derecho de su torso sobre las 14´00 horas. Este hecho aún hoy suscita controversia por no estar definitivamente aclarado y existir versiones contradictorias sobre el origen del mismo.

 Para mandar sus tropas vino desde Barcelona Ricardo Sanz, que allí dirigía la Comisión organizadora de Milicias. Cuando recibió la noticia está en Figueras acompañado del Comandante de Carabineros Ramos que mandaba la Defensa de Costas y en Barcelona el Consejero de Defensa, TCol. Sandino, le extiendió su nombramiento como nuevo jefe de las Columnas catalanas en Madrid a las que se incorporó inmediatamente y a las que encontró en un pésimo estado moral: muerto Durruti y heridos Manzana, Yoldi y Liberto Ros, las fuerzas de  Sanz pasaron a retaguardia para reorganizarse y fueron sustituidos en el ataque al Hospital Clínico por el Batallón Mora de la C.N.T. y el Asturias del 5º Regimiento. Buscando el honor de sus propias organizaciones políticas, además de la destrucción del enemigo, se lanzaron al asalto y en él murieron los dos jefes de Batallón. Toda la moral y todas las ansias de emulación se vinieron abajo y se acordó evacuar lo que aún conservaban del edificio, donde aún se combatía piso por piso en cada uno de las siete plantas, que fue íntegramente ocupado por las fuerzas nacionales. El Coronel Alzugaray montó en cólera, arrestó a los Capitanes y ordenó que fuesen expedientados y juzgados. Poco después fue el propio Alzugaray quien cayó herido y le sustituyó en el mando el TCol. Ortega.

"La Batalla de Madrid", Francisco Cabrera, Lista TINET


EL CORTO VERANO DE LA ANARQUÍA. VIDA Y MUERTE DE DURRUTI 

Hans Magnus Enzensberger.
El volumen empieza con un prólogo, «Los funerales», y acaba con un capítulo sobre «La posteridad». Entre ambos se cuenta la historia de un héroe proletario, desde su infancia en una pequeña ciudad del norte de España hasta las «siete muertes» de Durruti, que nunca han sido aclaradas. El autor justifica por qué decidió narrar esta vida basándose exclusivamente en documentos: reportajes, discursos, octavillas, folletos; así como memorias y entrevistas con testigos oculares que sobrevivieron. Esta vida no está escrita por nadie, y por una razón poderosa: ningún escritor se habría arriesgado a escribirla: «se parece demasiado a una novela de aventuras» (Enzensberger citando a Ehrenbourg). Novela-collage, pues, reconstrucción siempre fragmentaria, a la vez incompleta y demasiado rica, «contradictoria», siempre vinculada a las centelleantes incertidumbres de la tradición oral: novela de Durruti donde la Historia aparece como «ficción colectiva».
La necesidad de este procedimiento narrativo se manifiesta en cada página. Está muy centrada en la persona de Durruti, el cual, antes de convertirse en uno de los líderes militares de la guerra civil, participó en España y fuera de ella en muchos atentados, atracos a bancos y secuestros, actos clandestinos por definición, y de los cuales sería inútil esperar la relación exacta. Pero también gira en torno a la naturaleza misma de la lucha anarquista. En una entrevista reciente en Barcelona, Enzensberger afirmó: «Fue un trabajo apasionante porque me permitió hablar con un tipo de personas que en el mundo actual ya no serían reales, porque la pureza de aquella gente ya no existe», y calificó esa etapa del anarquismo español como «una de las aventuras más fascinantes del siglo XX».
Hans Magnus Enzensberger (Baviera, 1929) es uno de los creadores más agudos y significativos de nuestro tiempo. En Anagrama se ha publicado gran parte de su polifacética obra: los ensayos recogidos en Detalles, Polítíca y delito, El interrogatorio de La Habana, Para una crítica de ¡a ecología política, Elementos para una teoría de los medios de comunicación, Conversaciones con Marx y Engels, Migajas políticas, ¡Europa, Europa!, Mediocridad y delirio, La gran migración, Perspectivas de guerra civil, Zigzag, El perdedor radical y En el laberinto de la inteligencia, las novelas El corto verano de la anarquía (Vida y muerte de Durruti) y Josefine y yo, los libros de poemas Mausoleo y El hundimiento del Titanic, el libro de poemas y ensayos Los elixires de la ciencia y la obra teatral El filántropo.